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Crónica de una brigada que fue más que medicina
Estudiantes de Medicina de la Fundación Universitaria Sanitas participaron en una misión humanitaria en Montería y distintos municipios de Córdoba, brindando atención médica y acompañamiento integral a comunidades afectadas por la emergencia. La experiencia, narrada en esta crónica, evidenció que la medicina también se ejerce desde la empatía, la dignidad y el compromiso social.

Misión 530: Córdoba
Por Laura Cubillos y Yeraldin Camacho - Estudiantes de Medicina Fundación Universitaria Sanitas
Llegamos a Montería y a distintos municipios de Córdoba con la bata puesta y el estetoscopio en el cuello, creyendo que íbamos a atender heridas, infecciones respiratorias, dermatitis por contacto con aguas contaminadas y descompensaciones de enfermedades crónicas. Y sí, lo hicimos. Pero muy pronto entendimos que nuestra labor iba a ir mucho más allá de la consulta médica.
Lo primero que nos golpeó no fue el olor del agua estancada ni la imagen de las calles convertidas en ríos silenciosos. Fue la dignidad de las personas. Muchas veces, desde la distancia, se habla de “ayudar a los pobres”, como si la tragedia distinguiera clases sociales o como si quienes hoy lo perdieron todo nunca hubieran tenido nada. Y no es así. Las personas que atendimos no eran “pobres”; eran familias trabajadoras que tenían su casa, sus electrodomésticos, sus muebles, su ropa organizada en armarios que ahora flotaban. Tenían lo suyo. Habían construido, poco a poco, aquello que el agua borró en cuestión de horas.
Recorrimos barrios donde el nivel del agua alcanzaba la mitad de las puertas. Vimos neveras oxidadas volteadas en medio de la calle, colchones empapados, mesas hinchadas por la humedad. Observamos a hombres y mujeres entrar a sus casas inundadas, con el agua hasta la cintura, intentando rescatar “alguna cosita”: una fotografía, un cuaderno escolar, una prenda especial. Esa imagen nos marcó profundamente. No era solo el intento de salvar objetos; era el esfuerzo por preservar memoria, identidad, historia.
La ayuda que escucha y comprende
En medio de la emergencia también comprendimos otra realidad: no toda ayuda es útil cuando no se piensa en el contexto. Llegaron toneladas de alimentos, y eso es invaluable, pero muchas familias no tenían cocina donde prepararlos. Llegó jabón, pero no había un lugar seco donde lavar ni agua potable segura para enjuagar. Recibimos ropa, pero algunas veces en condiciones poco dignas, como si la solidaridad pudiera desprenderse del respeto. Aprendimos que la ayuda humanitaria no solo debe ser abundante, sino pertinente. No se trata de dar lo que sobra; se trata de entender qué necesita realmente una comunidad en crisis.
El sábado 14 de febrero participamos en la descarga de un avión que arribó con 22 toneladas de ayudas humanitarias. Ver cómo se abrían las compuertas y empezaban a bajar los bultos de alimentos, kits de aseo y suministros fue una escena poderosa. Allí no éramos solo médicas: éramos manos cargando, organizando y clasificando. Esa jornada nos recordó que el trabajo humanitario es colectivo. No hay jerarquías cuando se trata de servir. Cada caja descargada representaba un plato de comida, una familia que podría sostenerse unos días más, un pequeño alivio en medio del caos.
Nuestra labor médica fue intensa. Atendimos infecciones cutáneas asociadas a la exposición prolongada al agua contaminada, cuadros gastrointestinales, crisis hipertensivas por la interrupción del tratamiento, descompensaciones diabéticas, infecciones respiratorias agudas y lesiones traumáticas menores. Distribuimos medicamentos, explicamos esquemas de manejo, ajustamos dosis y orientamos sobre signos de alarma. Pero, sobre todo, escuchamos.

Escuchar también es sanar
Escuchamos historias de miedo, de incertidumbre, de noches sin dormir pendientes del nivel del agua. Entendimos que en una catástrofe la salud mental no es un tema secundario. La ansiedad, el duelo por la pérdida material, la angustia ante un futuro incierto y el estrés crónico son factores que impactan directamente el estado físico. Vimos síntomas de insomnio, somatizaciones, llanto contenido. En muchos casos, la consulta médica se convirtió en un espacio de catarsis. Aprendimos que preguntar “¿cómo se siente?” implicaba estar dispuestas a sostener la respuesta.
Al final de la brigada, en la sala de guerra del batallón, alguien dijo una frase que resume lo vivido: esta brigada fue “un abrazo para el alma”. Y lo fue. Porque no solo llevamos salud en forma de tabletas, jarabes y cremas; llevamos presencia. Nos sentamos frente a frente con cada persona, mantuvimos contacto visual, tocamos manos temblorosas y ofrecimos palabras claras y honestas. Acompañar también es un acto terapéutico.
Pero nuestro rol no terminó en el consultorio improvisado. Ayudamos a cocinar con las comunidades, organizando los alimentos que habían llegado. Compartimos espacios con niños, jugamos fútbol en terrenos aún húmedos, tratando de devolverles por un momento la sensación de normalidad. Apoyamos el cuidado de animales que también habían quedado desprotegidos. Empoderamos a la población explicando medidas básicas de prevención: hervir el agua cuando fuera posible, evitar el contacto prolongado con aguas estancadas, usar botas o barreras plásticas, mantener las heridas cubiertas y limpias.
Fuimos testigos de una resiliencia admirable. A pesar de la pérdida, las personas organizaban turnos para limpiar, para cocinar, para vigilar. Se apoyaban entre vecinos. Compartían lo poco que tenían. La comunidad se convirtió en red.

El desafío que comienza cuando el agua baja
Sin embargo, como futuras médicas sabemos que el desafío apenas comienza cuando el agua se retira. El descenso del nivel hídrico no marca el final de la emergencia sanitaria; al contrario, abre una nueva etapa de riesgo epidemiológico. Las aguas estancadas y el barro residual favorecen la proliferación de vectores como mosquitos, incrementando el riesgo de enfermedades transmitidas por vectores como dengue, chikungunya y zika. La acumulación de residuos y la descomposición de materia orgánica generan malos olores y aumentan la probabilidad de infecciones gastrointestinales y dérmicas.
También se incrementa el riesgo de leptospirosis por contacto con aguas contaminadas con orina de roedores, así como infecciones respiratorias asociadas a la humedad persistente y la proliferación de moho en viviendas afectadas. Las heridas pequeñas pueden complicarse en contextos de higiene limitada. Las enfermedades crónicas pueden descontrolarse por la interrupción prolongada de tratamientos. Y la salud mental seguirá siendo un eje central, pues el proceso de reconstrucción es largo y emocionalmente desgastante.
Por eso entendemos que la intervención médica en desastres no puede ser episódica. Requiere seguimiento, educación comunitaria, vigilancia epidemiológica activa y articulación interinstitucional. Requiere pensar en saneamiento básico, acceso a agua potable, control de vectores y apoyo psicosocial sostenido.
Nosotras volvimos con la certeza de que ejercer la medicina en contextos humanitarios transforma. No solo transforma al paciente; nos transforma a nosotras. Aprendimos que la salud no se limita a prescribir, sino a acompañar. Que la dignidad debe ser el centro de cualquier intervención. Que la solidaridad consciente implica comprender antes de actuar.
Y, sobre todo, confirmamos que en medio de la adversidad más profunda, la humanidad se abre paso. Montería y Córdoba nos enseñaron que perderlo todo no significa perder la esperanza. Nosotras solo llevamos una parte; la comunidad puso el resto. Y juntas construimos, aunque fuera por unos días, un espacio de cuidado, de escucha y de reconstrucción.
Esa experiencia no fue solo una brigada médica. Fue una lección de resiliencia, ética y compromiso social que marcará para siempre nuestra manera de entender la profesión.

Finalmente, queremos expresar nuestro agradecimiento a la Fundación Universitaria Sanitas, nuestra casa de formación, porque es allí donde aprendimos que la medicina no es solo ciencia, sino humanidad; su preparación académica y ética nos da día a día las herramientas para actuar con criterio, sensibilidad y compromiso en medio de la emergencia. A Misión Humanitaria, por acogernos, confiar en nosotras y permitirnos ser parte activa de estas brigadas que transforman vidas y llegan “A donde otros no van”.